18 agosto 2006
Las comparaciones son odiosas
De nuevo los políticos. Leo en El Diario de Ferrol del 13 de agosto, en una noticia sobre ciertas reivindicaciones de algunos grupos nacionalistas, que Francisco Rodríguez, secretario general de la UPG -Unión do Pobo Galego, ya se sabe, los que no están unidos a ellos no son pobo galego-, criticó "la españolidade excluínte" por parte de algunos sectores y aludió al "dominio, el desprecio y la intolerancia" para hablar de las causas de situaciones como las que se viven tanto en Oriente Medio como en Galicia.
Muy propia, la comparación, y muy realista. Me acordaré de Francisco Rodríguez cuando vea a un niño gallego tirando piedras a los tanques españoles que ocupan las calles de mi ciudad, o cada vez que un barrio entero sea masacrado por el ejército español como represalia a uno de los cientos de ataques con bomba de los terroristas suicidas gallegos. Es horrible que te pidan los papeles cada vez que pasas el puerto del Manzanal.
En fin, un ejemplo más de inteligencia política, de búsqueda deliberada de la crispación, de la demagogia más hiriente. Lo bueno de estas actitudes es que no tienen color, y las practican individuos pertenecientes a todas las opciones políticas posibles. Esta vez le toca a Francisco Rodríguez, al que todos debemos estar agradecidos por su lucidez y su afán de concordia.
[Una escena que fotografíé el otro día en el cruce de la rúa Real con la rúa Magdalena. La mujer viste el típico traje gallego, y en el brazo del soldado, que busca gaitas bomba, se distingue la bandera española].
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16 agosto 2006
Partido Madrileño de Liberación
¡He visto la luz, amigos! Pensaba que mis reticencias hacia el nacionalismo surgían de una convicción política, de las reveladoras lecturas de la propia obra de los autores nacionalistas, que estremece a cualquiera. Ha llegado el momento de ser sincero conmigo mismo: era todo por envidia. He descubierto que todo hombre es nacionalista en lo más profundo de su corazón, y que si cree no serlo es por falta de foco. Pero ya no me sucederá eso nunca más. He encontrado mi lugar: las filas del Partido Madrileño de Liberación.
Podéis leer su programa político en su página web. La lucidez de sus afirmaciones está fuera de toda duda. Exponen sus convicciones con claridad y con contundencia, y todo lo apoyan en pruebas históricas que convencerán a cualquiera de la opresión que Madrid sufre a manos del estado español, y de la existencia de un hecho diferencial madrileño presente en la cultura, el paisaje y la raza -también tenemos nuestro RH... ¿tenemos? Me siento ya más galego que madriles-.
Os recomiendo la lectura, intensa y breve. Como muestra de su elegancia, un botón: el uniforme de la Policía Nacional Madrileña.
¡Chulap@s del mundo, uníos contra el opresor español! ¡Barquillo, callos y chotis!
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12 agosto 2006
Fuego rentable, chapapote rentable, terrorismo rentable
Galicia se quema y, obviando la gravedad de la situación, los políticos han empezado de nuevo a acusarse mutuamente. Lo arreglan todo con visitas relámpagos, fotitos, y frasecillas ambiguas en las que dicen sin decir -que es lo único que hacen bien- que sus malvados rivales son los únicos culpables. De nuevo la frustración del ciudadano ante la evidencia de que los responsables de los destinos de nuestro país son incapaces de aunar fuerzas porque, a uno y otro lado, piensan solamente en obtener beneficio político. Parecen sufrir el síndrome de segundo de B.U.P.: el "no te ajunto" y el "yo soy más guay que tú" son sus únicas preocupaciones. Hace ya mucho tiempo que resulta evidente algo muy difícil de digerir: la principales partidos políticos de este país son el órgano ejecutor de dos bloques mediáticos enfrentados que solamente luchan por el dinero.
Pero tenemos los políticos que nos merecemos. Es repugnante la necesidad española de alinearse en un bando, de tener desde la infancia un equipo de fútbol, un partido político, y una única e innegociable visión de la historia. Heredada, por supuesto. Porque aquí no se piensa. Ya nos decía en clase Fernando Savater aquello de que en este país, casi nadie puede decir "yo pienso que...", sino "yo repito que..." En España no votamos a las personas, ni a las ideas, sino a las versiones, a los equipos, a los lados.
En fin, que los grupos mediáticos a los que me refiero -todos los conocemos, así que prefiero no mencionarlos- continúan en su pugna por imponer su visión de España cueste lo que cueste. History is money y, mientras, los problemas de la gente siguen adelante. Si esto pasara en otro país europeo la colaboración de todas las fuerzas políticas sería inmediata. Aquí es imposible, porque el rival político es en realidad un enemigo, y ya sabemos el trato que el refranero nos recomienda que le dispensemos.
Galicia arderá, y los políticos y los "periodistas-soldado" de ambas facciones enfrentadas seguirán poniéndonos difícil eso de sentirnos a gusto siendo gallegos y españoles. Gracias a todos aquellos que, en medio de la tragedia, se dedican a encizañar la convivencia y a prender otros fuegos aún más complicadillos de apagar que los de los montes. Que les aprovechen los votos.
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05 julio 2006
Apostilla a la entrada anterior
Hay una cosa más que debo decir sobre este tema, otro argumento esgrimido muy frecuentemente cuando aparecen estos textos. Es la famosa coletilla que dice: "Eran otros tiempos, no podemos interpretarlos a la luz de estos..." Bueno, eso me vale para el análisis de la mitología griega, o para la mentalidad medieval. Los años 30 están a la vuelta de la esquina -de la pasada, se entiende-. Todos hemos conocido mucha gente que vivió esa época, entre ellos nuestros abuelos. Son nuestros contemporáneos. El castellano era exactamente el mismo -menos pobre, eso sí, porque no habíamos entrado aún en el declive de los sistemas educativos actuales-. No olvidemos que se trata de la época del ascenso del nazismo, y a Hitler nadie le aplica el cuento ese de "es que no podemos entenderle, era otra época, lo que decía no significaba lo mismo que ahora, era otra mentalidad", y otras frases de la misma rama. Vaya que si significaba lo mismo. ¿Por qué, sin embargo, cuando leemos un fragmento de Sempre en Galiza como el que cité en Galucinaciones II, la gente dice: "Buenoooo, es que no es asíiiiiii, el sentido bla bla bla...." Es tan racista como Hitler. No mató a nadie, pero su pensamiento era racista. Así lo escribió él, así quiso publicarlo. No se pueden usar diferentes varas de medir.
Es más, y hablando, como lo hacía en la entrada anterior, sobre maquillados desprecios al sistema democrático. En la página diez de la ya mencionada biblia del galleguismo -en la 10, no hace falta leerse el libraco entero- Castelao muestra un galopante desprecio por las instituciones. Traduzco, para que no queden dudas:
"Cuando un hombre sabe que la realización de una idea va a producir la felicidad de su pueblo y la salvación de su patria, no debe recular ante la posibilidad del triunfo, aunque la violencia dolorosa y sangrienta del parto le produzca escalofríos; porque el hombre que duda y teme en el momento de realizar el ideal que predicó y no tiene coraje para mantenerse en su puesto de peligro, o es un farsante o es un cobarde.
Un hombre que tiene fe en el ideal que propaga no debe resignarse a morir sin verlo realizado, a no ser que muera en la lucha por su ideal. Y aún diré más, exponiéndome a que se dude de mis convicciones democráticas: si el pueblo no quisiera enterarse de lo que le conviene y despreciase el remedio que puede salvarlo, ¿habrá algún hombre de fe que deje de imponer ese remedio, aún por la fuerza, si dispusiese de poder para tanto? Porque un hombre de verdadera fe en los ideales que predica, y con coraje para remediar las desventuras del pueblo, va hacia al triunfo cuando se pueda y como se pueda."
Pues sí que dudo de sus ideales democráticos, sí. Dios nos libre de los hombres de fe, tal y como los entiende Castelao. Franco no deja de ajustarse, punto por punto, a la definición que de ellos hace nuestro pacífico amigo galleguista.
Haced una prueba: Leed este texto, así traducidito a la lengua del imperio, a cualquier persona bienpensante, esclava de lo políticamente correcto, a cualquier tolerante, pero no respetuoso -ya sabéis la diferencia: para ser tolerante hace falta considerar que hay algo que tolerar. para ser respetuoso hace falta respetar y punto, sin entrar en valoraciones y en jucios-. Leed, decía, el texto, y decidle que es de José Antonio, de Franco, de Hitler o de Bush, actualizando un poco la cosilla. Veréis qué cara pone, qué desprecio muestra, cómo le amargan las palabras la luminosa saliva, cómo se le inflama la tráquea, como insulta a los malvados...
Ahora decidle la verdad, que es de Castelao, un respetado demócrata que tuvo la mala suerte de ser contemporáneo de la explosión de mal -fascismo, franquismo, nacismo, Voldemort, Skeleton, y Sauron-, y os diran que vaaaale, que se pasó un pelín, pero que uno tiene que entender que los tieeeeempos, que no es como ahoooora, y la cantinela de siempre.
Pues no. O jugamos todos o rompemos la baraja. En el caso de los escritores, la palabra es acto. Esto dijiste, esto hiciste. Las palabras empujan, mueven, provocan, crean realidad social.
Me permito recordar una vez más que Sempre en Galiza se recomienda en los colegios de la región donde vivo.
Cristo existió hace 2000 años. Buddha hace 2600. El humanismo respetuoso y abierto de Montaigne, hace más de 400. Los ejemplos podrían continuar. Que no me vengan ahora con que un racista o un tipo que propone la aplicación de la violencia para imponer sus ideas en pleno siglo XX es sólo víctima de su tiempo, y que todos eran así entonces, porque no me lo creo. Y el que justifique eso, que tenga también valor para justificar la Inquisición, el genocidio colonialista, y el holocausto judío, ninguno de ellos posterior en el tiempo ni menos "interpretable".
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04 julio 2006
La dialéctica de los puños y las pistolas
Los que me conocéis sabéis que la Falange es uno de los misterios que más me intrigan. Misterio, digo, porque mi abuelo era falangista y a la vez buena persona. "¿Y qué tiene eso de misterioso?", preguntará la gente que no considera la bondad algo unido a la ideología politica. Pues misterioso porque he oído toda la vida -fuera de mi casa, se entiende- que bondad y falangismo son términos opuestos e irreconciliables, como blanco y negro, o verdad y mentira.
La historia oficial tiene, por lo general, este tipo de trampas: hay buenos y malos, como en las películas del oeste. Normalmente los malvados atacan antes y los buenos tienen que defenderse, con mayor o menor éxito según sea el guionista de perverso. Así me contaron a mí, niño de la transición -nací en el 77- la guerra civil española. Gracias al cielo en casa viví otro ambiente y no fue mi abuelo, por muy implicado que estuviera en aquel terrible asunto, amigo de demonizar a sus contrarios y de considerarlos a todos monstruos, que era la que muchos le consideraban a él.
He crecido con esa contradicción, aunque jamás la he sentido como dramática. Sé que a mis mayores les ha tocado vivirla, por desgracia, de otro modo. El ser solamente nieto del afectado me ha permitido tomar distancia, aunque no pierda oportunidad de decir lo que opino.
Avanzando el tiempo, he dedicado mi doctorado al la literatura nacionalista del siglo XX, y me he encontrado documentos más que sorprendentes. He visto odio en los dos bandos, y terribles -e insospechadas- incitaciones a la violencia. De las del bando franquista nada he de decir, porque todas las conocemos. Quisiera resaltar otras que quieren, si no ocultarse, velarse con disimulo. En definitiva, lo que se condena en un lado se maquilla en el otro.
Leyendo la última novela de Sánchez Dragó me he encontrado con textos que han provocado en mí la misma sopresa, y quisiera compartirlos con vosotros. Por no alargarme, escribiré aquí las que él cita, y en algún capítulo sucesivo añadiré los textos encontrados en las lecturas realizadas para mi tesis.
Sin más dilación:
Dijo Indalecio Prieto, presidente de la segunda república, el 29 de octubre de 1933, día en que, casualmente, se fundó la Falange: "A vencer, el día 19 (de noviembre) en las urnas. Y, si somos derrotados, a vencer el día 20 en las calles al grito de ¡Viva la revolución social!"
A eso se le llama ser un demócrata y, más allá de la política y, en mi opinión, mucho más grave, respetar las reglas del juego en el que uno participa.
Un año después, eel 14 de febrero de 1934, en un mítin en el cine Pardiñas de Madrid, dijo, afirmando que el proletariado debía hacerse con el timón de España: "A tal fin no hay que dudar, y si tiene que correr la sangre, que corra."
Eso sí, que se la de los malos.
Dijo Largo Caballero, otro capitoste de la república, días después, aunque siempre antes de las elecciones: "Vamos hacia la revolución social. Y yo digo que la burguesía no aceptará una expropiación legal. Habrá que expropiarla por la violencia... Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. Se dirá: ¡Ah, ésa es la dictadura del proletariado! Pero, ¿es que vivimos en alguna democracia? Pues ¿qué hay hoy más que una dictadura burguesa? La clase obrera debe prepararse bien para todos los acontecimientos que ocurran y, el día en que nos decidamos a la acción, que sea para algo definitivo que nos garantice el triunfo sobre la burguesía. Estamos en plena guerra civil. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o por desgracias, tendrá inexorablemente que tomar. Tenemos que luchar como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de la República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución socialista."
Tétrica, la profecia. Pero, un momento... ¿no es exactamente la misma teoría de Giménez Losantos, Pío Moa y César Vidal? Vaya, parece que los enemigos están de acuerdo en algo...
Por último, y citado también por Dragó,un Decálogo del joven socialista publicado en la revista el 12 de febrero de 1934: "La única idea que hoy debe tener grabada el joven socialista en su cerebro es que el socialismo puede imponerse por la violencia y que aquel compañero que propugne lo contrario, que tenga todavía sueños democráticos, no pasa de ser un traidor, consciente o inconscientemente. Cada día un esfuerzo nuevo, en la creencia de que al día siguiente puede sonar la hora de la revolución. Y, sobre todo, esto: armarse. Como sea, donde sea y por los procedimientos que sean. Armarse. COnsigna: ármate tú y, a concluir, arma si puedes al vecino, mientras haces todo lo posible para desarmar a tu enemigo."
Cosigna: repite sin reírte que antes de la guerra civil había una bando de izquierdistas buenos, pacíficos y amantes del orden y otro de malvados fascistas, curas y ricos, todos malas personas.
Lo sé, lo sé... Siempre queda aquello de: "Es que están descontextualizadas..." Bueno, dos de estas citas son bien jugosas, abundantes y claras. La primera del señor Prieto es breve, pero incita sin lugar a dudas a aceptar el resultado de las elecciones sólo si vence su partido, lo que no sólo demuestra, como antes decíamos, poco respeto por la democracia que -se supone ahora- tanto defendía, sino muy mala educación. La otra frase, la de la sangre corriendo, sí, lo admito, podría estar descontextualizada.
¿Pero y aquella de la dialéctica de los puños y las pistolas, tan traída y tan llevada, que dijo José Antonio? ¿Alguién sabría decirme la frase entera, más allá de las tres palabras -puños, pistolas, dialéctica- que siempre se mencionan aisladas, como Lanzarote, Hierro y La Gomera?
Eso me parecía, que unos pueden descontextualizar y otros no, que unos pueden decir barrabasadas y otros no, y que no considero justo pasar por este aro.
En sucesivas ediciones, más citas -contextualizadísimas-.
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Mi abuelo, Diego Salas Pombo.
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