02 septiembre 2006
Más sabiduría del Sanzijing
Ya terminé el Sanzijing, y ha merecido la pena. Los principios morales del confucianismo son muy interesantes, aunque mi debilidad sigue siendo el taoísmo. Una de las frases que más me ha gustado es de Confucio mismo: "Estudiar sin reflexionar genera confusión. Reflexionar sin estudiar es fuente de desvaríos."
Era un hombre observador, este Confucio. La primera parte de la frase es clara: todos nos hemos chapado la lección de naturales o de historia sin entender n-a-d-a de lo que decía. Ni una línea. ¿Cuál era el resultado? Que en cuanto una palabra de la larga cadena memorizada nos fallaba, allá iba el resto detrás, y acabábamos poniendo el aparato de Golgi en la falda de un volcán o a Gengis Khan en la batalla del Ebro.
En cuanto a la segunda parte, ¿quién no recuerda los domingos de resaca, hablando por hablar, que no pescábamos nuestros ideas inteligentes ni con trueiro, a pesar de que nos parecieran auténticas obras maestras de la lógica? Pues eso, desvariando.
Otra de las cosillas interesantes de la moral confuciana es la de dar, por los méritos de alguien, títulos a los antepasados, y no a los descendientes. Poco que decir, excepto que nos hubiéramos ahorrado a la familia de Alba. Y a Paco Porras que, por si alguien no lo sabe, es noble el tío.
Por último, una frase de esas de leerse despacio, pero que da en el clavo, también del amigo Confucio en persona: "Quien quiera ser virtuoso y se aparte del estudio, desembocará en la estupidez. Quien quiera ser un hombre de ciencia sin estudiar, caerá en la incertidumbre. Quien pretenda ser sincero y no preste atención al estudio, acabará teniendo malas intenciones. Quien desee ser recto, pero no estudie, se volverá un temerario. Quien aspire al valor, pero no se dedique al estudio, acabará envuelto en el desorden. Aquel que ame la perseverancia pero no ame el estudio, caerá en el fanatismo."
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24 agosto 2006
La sabiduría del Sanzijing
Estoy leyendo el Sanzijing -clásico de los tres caracteres, significa-, que es un libro escrito por Wan Yinglin durante la dinastía Song del Sur (1127-1279). La intención del autor fue la de reunir en un breve texto la filosofía educativa de la corriente neoconfucianista, además de nociones de historia china.
El neoconfucianismo convirtió en una de sus discusiones centrales la de la bondad innata de los seres humanos, y fueron muchos los filósofos que ofrecieron sus propuestas: el ser humanos es bueno en esencia, o es malo, o no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Wang Yinglin se decanta por la primera posibilidad, la del optimismo: somos buenos, sí, desde nuestro nacimiento, pero la falta de educación, dice, puede hacernos olvidar la bondad de nuestra primera naturaleza. Todo su pensamiento al respecto se resume en la primera frase del manual. Tengamos en cuenta que eran frases diseñadas para repetir en alto hasta ser memorizadas, y que, aprendidas en la más tierna infancia, formaban parte del bagaje cultural del individuo para siempre jamás. Dice:
"Los seres humanos en su origen son de una naturaleza esencialmente buena. Esta naturaleza nos acerca. Las costumbres nos separan."
Sencillo: somos bondadosos, y esta naturaleza nos une: no hay pues, diferencias entre los seres humanos. Son las costumbres, buenas o malas, las que crean las divisiones, las que nos hacen diferentes unos de otros. Es decir, no nos distingue el dinero, o la clase social, o las fronteras, sino las acciones virtuosas o viciadas.
Esto me recuerda aquello que me repetía de vez en cuando mi abuelo: "Miguel, tienes más en común con un chino bueno que con un español malo." Sin entrar en qué es lo bueno y qué lo malo, mi querido abuelo parafraseaba un planteamiento neoconfucianista del siglo XIII. Un planteamiento que, al fin y al cabo, es de sentido común y pertenece a la sabiduría ancestral humana: somos lo que hacemos, no lo que tenemos.
Como estudioso del nacionalismo me interesa particularmente la aplicación que tienen estas ideas al concepto de Patria: ¿por qué me tiene que doler más la muerte de un español que la de un nigeriano o la de un estadounidense? ¿Por qué tengo que dar la razón al español si creo que la tiene el francés? Mis hermanos no son los que han nacido dentro de la misma frontera que yo -toda frontera es una cárcel-, sino quienes comparten mi visión de la vida y valoran lo que yo valoro.
Todas las tradiciones culturales hacen hincapié en esto. Dicen los Evangelios del Qumrán:
"Cuando los hombres te pregunten a qué país pertenecen, díles que no eres ni de este ni de aquel país, pues, en verdad, es tan sólo el pobre cuerpo el que nació en un lugar de la tierra. Mas tú, oh, Hijo de la Luz, perteneces a la hermandad que abarca los cielos y allende, y del Padre Celestial descendieron las simientes no sólo de tu padre y de tu abuelo, sino de todos los seres que son engendrados en la tierra. En verdad eres Hijo de Dios, y todos los demás hombres tus hermanos."
Por eso todas las manifestaciones nacionalistas, vengan del país que vengan, me resultan tan difíciles de digerir: se trata de creer que la gente de tu país es claramente diferente -y generalmente mejor, aunque se diga tímidamente por miedo a las broncas- que la de los demás países, cuando la realidad es que somos todos exactamente iguales, y que lo único que nos separa son ni más ni menos que nuestros actos, como dice el Sanzijin. ¿No decía Flaubert que él se sentía un oso? ¿Por qué no aceptarlo? Es una cuestión de afinidad moral.
En el fondo, es todo cosa de saber ponerse en el lugar del otro, por muy extranjero que sea. El Lama tibetano Sogyal Rimpoché, en su luminosa obra El libro tibetano de la vida y la muerte, dice al respecto:
"Pongamos, por ejemplo, que tiene usted dificultades con una persona amada, que podría ser su madre, su paadre, su marido o su esposa, un amante o un amigo. Le resultará muy útil y revelador considerar a la otra persona no en su “papel” de madre, padre o marido, sino sencillamente como otro “usted”, otro ser humano con los mismos sentimientos que usted, el mismo deseo de felicidad, el mismo miedo al sufrimiento. Concebir a la persona como una persona real, exactamente igual que usted, abrirá su corazón a ella y le permitirá saber mejor cómo ayudarla.
Si consideramos a los demás iguales que nosotros, eso nos ayudará a abrir nuestras relaciones y les dará un sentido nuevo y más rico. Imagínese que las sociedades y las naciones empezaran a considerarse mutuamente de esta manera; por fin tendríamos el inicio de una base sólida para la paz sobre la Tierra y la feliz coexistencia de todos los pueblos."
¿Por qué no imaginarlo? Todo cambiaría si fuéramos capaces de hacer ese ejercicio de extrañamiento, de enajenación, de con-pasión, es decir, de sentir con el otro, lo que el otro. Merece la pena invertir tiempo y fuerzas en luchar contra las falsas fraternidades que se nos han impuesto, como la patria.
Y eso, que conste, no quiere decir que no me encante el lugar donde he nacido, sólo que me reservo el derecho de sentirme Malayo, por poner un ejemplo, si me da la real gana y, sobre todo, de sentirme tan cerca de los malayos como de los gallegos, porque son personas como yo, más allá de las diferencias culturales. Diferencias sí, pero sin distancias y sin divisiones. Permanezcamos siempre alerta ante aquellos que pretenden convertir unas en otras, cuando no son lo mismo, ni muchísimo menos.
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14 agosto 2006
El paso del caracol
Si a cualquiera de nosotros, tan modernos, nos preguntaran si viajar es más fácil ahora o hace un siglo, todos contestaríamos con confianza en nuestra respuesta: "ahora". Sin embargo, a poco que se rasque un poco, no resulta tan fácil de dilucidar. Merece al menos que lo pensemos un momentito. Porque, ¿qué es exactamente viajar? ¿Suy significado es intercambiable con el de "desplazarse", o posee el viaje una dimensión -la profundidad-, que no tiene cualquier desplazamiento en el espacio?
Dice Ruskin: "No habrá cambio de lugar a 160 kilómetros por hora capaz de incrementar un ápice nuestra fortaleza, nuestra felicidad o nuestra sabiduría. En el mundo siempre hubo má de cuanto los hombres alcanzaron a ver con su paso tan lento; no lo verán mejor por más que se apresuren. Las cosas realmente valiosas son cuestión de visión y de pensamiento, no de velocidad. No hace buena la bala su rápido avance, ni desmerece al verdadero hombre su ritmo lento, pues su gloria no reside en absoluto en su andar sino en su ser."
Parece claro que para Ruskin el desplazamiento en el espacio es solamente el catalizador del verdadero viaje, la chispa que inicia el fuego de procesos más profundos, ocultos y complejos. Esto supondría que un elemento se puede dar separado del otro: podemos desplazarnos sin viajar, y también viajar sin desplazarnos. Serían iguales, entonces, el Viaje a la luna de Luciano de Samosata y el Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Maistre, porque lo que caracteriza al verdadero viaje no es la distancia -lineal- recorrida. Como dice Lao Tse:
"Sin salir de la puerta se conoce el mundo.
Sin mirar por la ventana se ven los caminos del cielo.
Cuanto más lejos se sale, menos se aprende."
Esto me trae a la memoria una anécdota que cuenta el gran Tiziano Terzani en su penúltimo libro, Un altro giro di giostra, que traduzco en mis ratos libres por amor al arte. En él habla de un viaje que Paul Brunton, un aventurero inglés, hace por la India en los años 30. El británico cuenta sus encuentrjavascript:;os con los más variopintos personajes, entre los que se se encuentra un Yogui que le dice un día: “Sólo cuando los sabios occidentales renuncien a inventar máquinas que corran más deprisa que aquellas que ya tenéis, y comiencen, por el contrario, a mirar dentro de sí mismos, vuestra raza descubrirá un poco de felicidad. ¡No creerá usted que poder viajar cada vez más rápido hace a su gente más feliz!” Las máquinas veloces no siempre nos llevan de viaje, mientras que el viaje de mirar dentro de uno mismo no se hace necesariamente -ni mucho menos- a bordo de una máquina veloz.
De hecho, muchas veces nuestra moderna forma de trasladarnos dificulta el acto espiritual del viaje. Pongamos por ejemplo el habitual avión que recorre grandes distancias, como en el que fui a Taiwán el año pasado: cientos de individuos adocenados, mirando una pantalla gigante en la que proyectaban películas en inglés subtituladas en chino, comiendo y bebiendo a lo grande sólo por evitar el aburrimiento y el nerviosismo, sin tener éxito en ninguno de los dos propósitos. Para qué hablar del coche por autopista, donde lo único que ves son cobradores de peaje y dependientes de gasolinera, o del inigualable autobús ALSA madrid-ferrol, cuyo efecto es el de un mes en un campo de concentración. He visto a más de uno llorar abrazado a su familia, al salir de ese bus. El tren, quizá, se salve en algunos casos de la quema. Puedo aseguraros que algunos de mis más profundos y fructíferos viajes, en el sentido espiritual del término, los he vivido a bordo del tren nocturno Ferrol-Madrid o viceversa, lleno de personajes alucinantes. A las doce apagan la luz y no te queda otra que dormir y meditar -por supuesto, ni hablar de películas o vagón cafetería-.
En fin, que tenemos que cambiar nuestras expresiones habituales. A partir de ahora nada de decir: "me voy de viaje a Vietnam cuatro días." Sería más correcto: "me desplazo a Vietnam cuatro días", porque es el desplazamiento lo que está asegurado, pero no el viaje, que dadas las prisas es más bien bastante improbable.
Vaya lío. Como dijo Pascal, "toda la desgracia de los hombres procede de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación."
Pues yo conozco a más de uno que es capaz de hacerlo, si le das algún descanso para bajar a por tabaco y cerveza.
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10 agosto 2006
¡Ojalá fuera así! Ser lo que se desea
Permitidme que cite de nuevo el libro El arte de viajar, de Alain de Botton, a cuento de otra interesante idea de Flaubert, con la que comulgo:
"Diríase que la relación de Flaubert con Egipto, que se prolonga a lo largo de toda su vida, es una invitación a profundizar y a respetar la atracción que sentimos por ciertos países. Desde su adolescencia en adelante, Falubert insistía en que no era francés. Su odio hacia su país y hacia su gente era tan profundo que ridiculizaba su propia condición civil. De hecho, llegó a proponer un nuevo modo de asignar la nacionalidad: no de acuerdo con el país en el que uno había nacido o al que pertenecía su familia, sino de acuerdo con los lugares por los que uno se sentía atraído. En este sentido, no podía por menos de ser lógica su pretensión de hacer extensiva al género y a la especie esta concepción más flexible de la identidad, hasta el extremo de declarar, llegado el caso, que, contra lo que pudiese parecer, él era en realidad una mujer, un camello y un oso: "Quiero comprarme un hermoso oso, un cuadro de uno que colgaré enmarcado en mi habitación con la leyenda Retrato de Gustave Flaubert, con el fin de sugerir mi talante moral y mis hábitos sociales."
Propongo que juguemos todos a ser Flaubert e imaginemos a qué especie y país querríamos pertenecer. Lo del género lo dejamos, que todos sabemos más o menos por dónde tira cada uno. ¿Qué animal os gustaría ser? ¿O preferís un mineral? ¿Y en qué país os sentiríais como en casa? No valen las sigiuentes posturas:
2. Pedirse animales que salgan en los típicos pósters horteras chachunos, como el delfín o el águila. Por favooor, por favoooor, que hay muchas especies. Hay que justificar la elección.
Os invito a dejar un comentario con vuestras preferencias.
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08 agosto 2006
El arte de sentirse ridículo
He encontrado este fragmento escrito por Flaubert en el libro El arte de viajar, de Alain de Botton. Es parte de una carta dirigida a Louise Colet y fechada el 21 de agosoto de 1846:
"Lo que me impide tomarme en serio, aunque yo sea de carácter más bien circunspecto, es que me siento ridículo, no con esa ridiculez relativa de la comicidad teatral, sino con la ridiculez intrínseca de la misma vida humana, y que se desprende de la acción más simple o del gesto más común. Nunca, por ejemplo, dejo de reírme cuando me afeito, pues me parece un acto completamente estúpido. Todo esto es muy difícil de explicar [...]"
Creo recordar que era un profesor de mi hermana, en la facultad de psicología de Santiago, quien decía que un recurso muy útil para enfrentarse a una crisis de ansiedad es amasarse el culo como si fuera pan. La ansiedad y el miedo hunden muy frecuentemente sus raíces en una percepción excesivamente seria y rígida de la existencia. La capacidad de encontrar el absurdo en los momentos trágicos -o en los cotidianos, como explica Flaubert- nos lleva directamente a la risa.
La corriente filosófica que capta mejor esta verdad es, sin duda, el budismo Chan o Zen, según estemos en China o Japón. Parte importante del aprendizaje del iniciado se lleva a cabo mediante Koans, pequeños cuentos humorísticos que pretenden destacar el sinsentido de la búsqueda consciente de la Verdad. Una vez que renunciemos a ella, alcanzaremos la iluminación, el Satori, en japonés. El humor derrumba las convenciones y los prejuicios, los hábitos mentales que nos separan de todo lo vivo. Como dice Henri Brunel en el preludio a su libro Humor Zen (Olañeta, 2004), que os recomiendo a todos, "el humor es otra manera de enfocar la existencia, de interpretar el mundo. Relativiza, aligera, despierta. (...) En todas las épocas, frente a todas las religiones, en las culturas más diversas, deshace el orden autocomplaciente."
Muchísimos son los ejemplos de filosofía Zen que hacen hincapié en esta importante realidad. Sôkan escribió un haiku que decía:
Sé bien que tienes las nalgas heladas,
pero no te acerques demasiado al fuego,
Buddha de nieve.
La irreverencia de estas líneas se olvida ante la fuerza vital que expresan. Sentirse pequeño, cómico, ridículo, es quizás la manera más honrada de encontrar y expresar la propia dignidad.
Se dice que, cuando Alejandro Magno se presentó ante el barril donde Diógenes vivía y le ofreció satisfacer cualquier deseo que tuviera, éste respondió: "Apártate porque me tapas la luz del sol." En otra ocasión, cuando un cortesano le sugirió que si hubiera aprendido a adular a los poderosos no tendría que comerse unas simples lentejas que el filósofo estaba saboreando en aquel momento, Diógenes le contestó: "Y si tu hubieras aprendido a comer lentejas no tendrías que adular a los poderosos."
Somos poca cosa. Somos ridículos, y risibles, y esto hace de nosotros criaturas dignas de salvación. Claro, no para nuestra sociedad occidental hipercivilizada, en la que es trascendente la elección de un partido político, de un equipo de un equipo de fútbol, e incluso de nuestro próximo teléfono móvil -que, por cierto, no es móvil, sino portátil-.
Ojalá a los políticos, en especial a los que guerrean, les diera por reírse cada vez que se afeitan porque lo encuentran un acto totalmente ridículo. Ya verías tú lo que nos duraban los sudores provocados por el estatut.
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30 julio 2006
La vicepresidenta y el egipcio
Y dijo Teresa Fernández de la Vega, a cuento de la ley de memoria histórica -que no juzgo, no me malinterpretéis-, lo siguiente:
"Los gobiernos no escribe la historia, forman parte de ella"
¿Candidez o el consabido cinismo del político?
Aquí una frasecita de Sinuhé el egipcio quien, a pesar de ser un personaje de ficción creado por el finlandés Mika Waltari, dice más verdades él sólo que todos los políticos habidos y por haber:
“....y cuanto ha sido escrito lo ha sido por orden de los reyes, para halagar a los dioses o para inducir fraudulentamente a los hombres a creer en lo que no ha ocurrido. O bien para pensar que todo ha ocurrido de manera diferente a la verdad.”
Como muestra de lo dicho, un fragmento de diálogo de la misma novela, en la que se ilustra perfectamente lo expuesto. Sinuhé habla con su amigo el rey de Siria:
“Y yo le pregunté:
-¿Por qué obras de esta forma y por qué detestas tanto a los egipcios, Aziru?
Acarició su barba rizada y, dirigiéndome una mirada de astucia, dijo:
-¿Quién pretende que detesto a los egipcios, Sinuhé? Tampoco te detesto a ti, pese a que seas egipcio. También yo he vivido mi infancia en el palacio dorado del faraón, como mi padre antes que yo y como todos los príncipes sirios. Por esto conozco las costumbres egipcias y sé leer y escribir, pese a que mis maestros me hayan tirado de los cabellos y golpeado los dedos mucho más que a los otros discípulos, porque era sirio. Pero a pesar de esto no detesto a los egipcios, porque he aprendido con ellos muchas cosas y podré regresar a su tierra cuando sea ocasión. Deberían saberlo: un señor y un soberano no detesta a nadie ni ve diferencias entre los pueblos, pero el odio es una potente palanca entre sus manos, más potente que las armas, porque sin odio los brazos no tienen fuerza para levantar las armas. Yo he nacido para mandar, porque por mis venas corre sangre de los reyes de Amurrú y con los hiksos mi pueblo dominó un día todos los países de un mar a otro. Por esto me fuerzo a fomentar el odio entre Siria y Egipto y en soplar entre las ascuas, que se van enrojeciendo lentamente, pero que una vez inflamadas destruirán todo el poderío egipcio sobre Siria. Por esto todas las villas y tribus de Siria deben aprender a saber que el egipcio es más miserable, más haragán, más cruel, más infame, más codicioso y más ingrato que el sirio. Todos tienen que aprender a escupir de desprecio al oír pronunciar el nombre de Egipto y ver en los egipcios unos opresores inicuos, unas sanguijuelas ávidas, verdugos de mujeres y niños, a fin de que su odio sea suficientemente fuerte para mover las montañas.
-Pero todo eso es falso, como sabes muy bien –le hice observar.
Tendió las manos con la palma hacia arriba y dijo:
Esto pasa siempre, y es siempre el pueblo quien paga las consecuencias, aunque en la novela Aziru acabe también fatal. Lo dicho: "¡Políticos, menos trolas, que os tenemos calaos!"
Imagen de la vicepresi obtenida de juanitogrillo.com
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28 junio 2006
Jodorowsky dixit
Cuando tenían que dar, retuvieron; cuando necesitaban confiar, se acorazaron; en lugar de entregarse al aire, acumularon; perdieron la luz por inventar las llaves.
14:22 Anotado en Literatura | Permalink | Comentarios (0) | Email esto
20 junio 2006
Grandes frases: El espíritu de Pero Grullo
Leyendo esta mañana un libro de Karate, un clásico llamado Bubishi, en la edición de Patrick McCarthy, que ha reconstruido y actualizado el texto, encuentro esta frase. Dudo mucho que estuviera así en el original chino:
"Las personas que no muestra signos de recuperación de graves heridas de espada o de lanza, incluso después de aplicar un tratamiento médico, suelen morir."
Así que si te atraviesan con un arma blanca y no reaccionas a los cuidados del doctor es posible que acabes feneciendo. Lo mejor es que añade, describiendo con gran rigor los síntomas de tal proceso:
"Son características de la enfermedad que provoca esta muerte las dificultades para respirar y la incapacidad de mantener cerrada la boca."
¿Se referirá, con esto último, a que no puedes parar de hablar ante la inminencia de tu propio final? En cuanto a lo de la incapacidad de respirar cuando se está muerto, bueno, eso se aprende pronto, no hace falta estudiar karate.
Por último hay que señalar la discutible idea de que una herida de espada sea una enfermedad. Sería una coartada perfecta para los Latin Kings. No me imagino a un tío diciendo, después de recibir una puñalada: ¡¿Cerdo, que es lo que me has pegado?!
Ahora me es fácil comprender por qué el Bubishi es un clásico.
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