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24 agosto 2006
La sabiduría del Sanzijing
Estoy leyendo el Sanzijing -clásico de los tres caracteres, significa-, que es un libro escrito por Wan Yinglin durante la dinastía Song del Sur (1127-1279). La intención del autor fue la de reunir en un breve texto la filosofía educativa de la corriente neoconfucianista, además de nociones de historia china.
El neoconfucianismo convirtió en una de sus discusiones centrales la de la bondad innata de los seres humanos, y fueron muchos los filósofos que ofrecieron sus propuestas: el ser humanos es bueno en esencia, o es malo, o no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Wang Yinglin se decanta por la primera posibilidad, la del optimismo: somos buenos, sí, desde nuestro nacimiento, pero la falta de educación, dice, puede hacernos olvidar la bondad de nuestra primera naturaleza. Todo su pensamiento al respecto se resume en la primera frase del manual. Tengamos en cuenta que eran frases diseñadas para repetir en alto hasta ser memorizadas, y que, aprendidas en la más tierna infancia, formaban parte del bagaje cultural del individuo para siempre jamás. Dice:
"Los seres humanos en su origen son de una naturaleza esencialmente buena. Esta naturaleza nos acerca. Las costumbres nos separan."
Sencillo: somos bondadosos, y esta naturaleza nos une: no hay pues, diferencias entre los seres humanos. Son las costumbres, buenas o malas, las que crean las divisiones, las que nos hacen diferentes unos de otros. Es decir, no nos distingue el dinero, o la clase social, o las fronteras, sino las acciones virtuosas o viciadas.
Esto me recuerda aquello que me repetía de vez en cuando mi abuelo: "Miguel, tienes más en común con un chino bueno que con un español malo." Sin entrar en qué es lo bueno y qué lo malo, mi querido abuelo parafraseaba un planteamiento neoconfucianista del siglo XIII. Un planteamiento que, al fin y al cabo, es de sentido común y pertenece a la sabiduría ancestral humana: somos lo que hacemos, no lo que tenemos.
Como estudioso del nacionalismo me interesa particularmente la aplicación que tienen estas ideas al concepto de Patria: ¿por qué me tiene que doler más la muerte de un español que la de un nigeriano o la de un estadounidense? ¿Por qué tengo que dar la razón al español si creo que la tiene el francés? Mis hermanos no son los que han nacido dentro de la misma frontera que yo -toda frontera es una cárcel-, sino quienes comparten mi visión de la vida y valoran lo que yo valoro.
Todas las tradiciones culturales hacen hincapié en esto. Dicen los Evangelios del Qumrán:
"Cuando los hombres te pregunten a qué país pertenecen, díles que no eres ni de este ni de aquel país, pues, en verdad, es tan sólo el pobre cuerpo el que nació en un lugar de la tierra. Mas tú, oh, Hijo de la Luz, perteneces a la hermandad que abarca los cielos y allende, y del Padre Celestial descendieron las simientes no sólo de tu padre y de tu abuelo, sino de todos los seres que son engendrados en la tierra. En verdad eres Hijo de Dios, y todos los demás hombres tus hermanos."
Por eso todas las manifestaciones nacionalistas, vengan del país que vengan, me resultan tan difíciles de digerir: se trata de creer que la gente de tu país es claramente diferente -y generalmente mejor, aunque se diga tímidamente por miedo a las broncas- que la de los demás países, cuando la realidad es que somos todos exactamente iguales, y que lo único que nos separa son ni más ni menos que nuestros actos, como dice el Sanzijin. ¿No decía Flaubert que él se sentía un oso? ¿Por qué no aceptarlo? Es una cuestión de afinidad moral.
En el fondo, es todo cosa de saber ponerse en el lugar del otro, por muy extranjero que sea. El Lama tibetano Sogyal Rimpoché, en su luminosa obra El libro tibetano de la vida y la muerte, dice al respecto:
"Pongamos, por ejemplo, que tiene usted dificultades con una persona amada, que podría ser su madre, su paadre, su marido o su esposa, un amante o un amigo. Le resultará muy útil y revelador considerar a la otra persona no en su “papel” de madre, padre o marido, sino sencillamente como otro “usted”, otro ser humano con los mismos sentimientos que usted, el mismo deseo de felicidad, el mismo miedo al sufrimiento. Concebir a la persona como una persona real, exactamente igual que usted, abrirá su corazón a ella y le permitirá saber mejor cómo ayudarla.
Si consideramos a los demás iguales que nosotros, eso nos ayudará a abrir nuestras relaciones y les dará un sentido nuevo y más rico. Imagínese que las sociedades y las naciones empezaran a considerarse mutuamente de esta manera; por fin tendríamos el inicio de una base sólida para la paz sobre la Tierra y la feliz coexistencia de todos los pueblos."
¿Por qué no imaginarlo? Todo cambiaría si fuéramos capaces de hacer ese ejercicio de extrañamiento, de enajenación, de con-pasión, es decir, de sentir con el otro, lo que el otro. Merece la pena invertir tiempo y fuerzas en luchar contra las falsas fraternidades que se nos han impuesto, como la patria.
Y eso, que conste, no quiere decir que no me encante el lugar donde he nacido, sólo que me reservo el derecho de sentirme Malayo, por poner un ejemplo, si me da la real gana y, sobre todo, de sentirme tan cerca de los malayos como de los gallegos, porque son personas como yo, más allá de las diferencias culturales. Diferencias sí, pero sin distancias y sin divisiones. Permanezcamos siempre alerta ante aquellos que pretenden convertir unas en otras, cuando no son lo mismo, ni muchísimo menos.
10:15 Anotado en China , Literatura | Permalink | Comentarios (1) | Trackbacks (0) | Enviar a Email
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Comentarios
Migueliño! soy Lau. He descubierto tu blog y me estoy enganchando a China...
pero mira lo que sale hoy en El Mundo (¿Tú sabes de verdad dónde te metes...?) un beso y bon voyage!!
El Gobierno de China podría acabar con la costumbre rural de amenizar los funerales con 'striptease'
En los entierros las chicas desnudas son utilizadas para conseguir la mayor afluencia posible
TIENEN LA FINALIDAD DE ATRAER MÁS PÚBLICO
Anotado por: laura | 24 agosto 2006



