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28 junio 2006
Jodorowsky dixit
Cuando tenían que dar, retuvieron; cuando necesitaban confiar, se acorazaron; en lugar de entregarse al aire, acumularon; perdieron la luz por inventar las llaves.
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20 junio 2006
Grandes frases: El espíritu de Pero Grullo
Leyendo esta mañana un libro de Karate, un clásico llamado Bubishi, en la edición de Patrick McCarthy, que ha reconstruido y actualizado el texto, encuentro esta frase. Dudo mucho que estuviera así en el original chino:
"Las personas que no muestra signos de recuperación de graves heridas de espada o de lanza, incluso después de aplicar un tratamiento médico, suelen morir."
Así que si te atraviesan con un arma blanca y no reaccionas a los cuidados del doctor es posible que acabes feneciendo. Lo mejor es que añade, describiendo con gran rigor los síntomas de tal proceso:
"Son características de la enfermedad que provoca esta muerte las dificultades para respirar y la incapacidad de mantener cerrada la boca."
¿Se referirá, con esto último, a que no puedes parar de hablar ante la inminencia de tu propio final? En cuanto a lo de la incapacidad de respirar cuando se está muerto, bueno, eso se aprende pronto, no hace falta estudiar karate.
Por último hay que señalar la discutible idea de que una herida de espada sea una enfermedad. Sería una coartada perfecta para los Latin Kings. No me imagino a un tío diciendo, después de recibir una puñalada: ¡¿Cerdo, que es lo que me has pegado?!
Ahora me es fácil comprender por qué el Bubishi es un clásico.
14:30 Anotado en Karate , Literatura | Permalink | Comentarios (1) | Enviar a Email
12 junio 2006
En homenaje a mi amigo Xan Fariña
Ayer salí por Coruña, con algunos amigos. La penúltima -botellita de agua- me la tomé con Xan Fariña, buen colega donde los haya y el mejor compañero de piso que he tenido -y tendré- jamás. Fariña y yo somos diferentes, pero muy parecidos en algunas cosas. Por ejemplo, cuando vivíamos juntos comíamos cosas distintas, pero con la misma constancia. Durante seis meses, él le dió a los cereales con leche y yo a la pasta con aceite y queso rayado. Ni un sólo día faltamos a nuestras devociones.
Xan es muy muy gallego. Le gusta su país, y su gente. Lo lleva dentro y lo siente así, y yo respeto muchísimo estos sentimientos, porque no comete la imprudencia de pensar que su país y su gente son mejores que los otros países y gentes que hay por el mundo adelante. Nunca ha tenido Xan -al contrario que algunos otros que he conocido- problemas por que yo fuera una especie de gallego-sin-raíces-nacido-madrileño-y-vuelto-a-Galicia. Su actitud nunca ha sido de "tolerancia", palabra muy de moda, porque nunca ha sentido que hubiera en mí nada que tolerar. Cuando alguien dice de sí mismo que es tolerante, no puedo evitar que me suene a que piensa que hay cosas que están mal, y que transige con ellas. Es decir, que ejerce un acto de generosidad, pero que en realidad no tendría, bajo ninguna circunstancia, la obligación de hacerlo. Pues nunca me he sentido tolerado por Xan. Símplemente aceptado como soy, a pesar de nuestra forma diferente de ver las cosas. Es algo que me sucede también con mi amigo Roi, y a ambos se lo agradezco mucho, aunque no se lo diga nunca.
Como con Roi, con Xan hablo a veces de política. Es una de las personas con las que más me gusta hacerlo, porque sabe ponerse en el lugar de los demás, y nunca dice cosas para llenarse la boca. Además no es un opinoque, es decir, un repetidor de opiniones dictadas por los Mass Media. Supongo que, políticamente, Xan se siente sólo, como me siento yo a veces.
El caso es que ayer hablamos, así brevemente, sobre un par de cosas, mientras nos tomábamos esa penúltima. Y me hizo reflexionar sobre las Galucinaciones. Efectivamente, y tal como él me dijo, la imagen que doy de Galicia no es precisamente positiva. Para no alargarnos mucho, una especie de mundo-freak habitado por paletos y nacionalistas. Y tiene toda la razón. Él me lo dijo sabiendo que eso no es lo que yo pienso de la tierra en la que nacieron mi madre y mis dos abuelas, y que fue la tierra adoptiva de mis abuelos y, en cierta manera, de mi padre. Algunos de mis mejores amigos son gallegos, y me encanta como son. Hace diez años que salí de Madrid, y mis pocas raíces se reparten entre mi lugar de nacimiento y mi hogar durante los últimos diez años -aunque también Valladolid es importante en mi vida, ya que no hay dos sin tres-. Por lo tanto, el 99% de lo que puedo decir de Galicia es muy positivo.
Algunos de mis amigos gallegos se siente gallegos y españoles; otros, gallegos solamente, y alguno habrá, imagino, que no se sienta nada, o que no sepa qué sentirse. Pero ninguno de ellos sostendría lo que los textos nacionalistas seleccionados por mí en las secciones anteriores reflejan. Quienes piensan así son una absoluta minoría. Entre mis amigos gallegos no he sentido nada de racismo, de complejo de superioridad o de voluntad de aislamiento. Si acaso, pecan de todo lo contrario: son acogedores -aunque muy suyos-, y generosos, y con un poco de complejo de inferioridad que deberían quitarse de encima.
Mi amigo Xan Fariña es un ejemplo de todo lo que he dicho, aunque gracias a dios no es el único. Le debo este artículo porque ayer no me dijo más que la verdad, y me la dijo de colega a colega, con calma y sabiendo siempre que mi intención no ha sido mala en ningún momento. No lo había pensado hasta hace muy poco, pero una de las características que un amigo debe tener necesariamente es que siempre piense, ante tus equivocaciones, que no las has cometido con mala idea, que quieres hacer las cosas bien, hasta que se demuestre lo contrario (y sólo hace unos meses que me he encontrado con la actitud opuesta).
Total, que acabamos cantando los dos la milonga del moro judío, de Jorge Drexler, que se debería enseñar en los colegios. Aquí os la dejo.
No me puedo sentir orgulloso de ser gallego -me considero gallego en un tanto por ciento alto-, porque no está bien sentirse orgulloso de algo de lo que no se tiene el mérito. Pero sí estoy muy contento por pertenecer a esta parte del mundo, aunque no pierdo de vista que me pasaría en cualquier otro lado. Todavía no he conocido un lugar que no tenga más cosas buenas que malas, al fin y al cabo.
Por último, un recuerdo para todos mis amigos gallegos, los que se sienten gallegos y españoles, los que se sienten sólo gallegos, los que no se sienten ni las piernas, a los que veo mucho y a los que no veo tanto como quisiera, a los que me quieren y a los que no me quieren ni en pintura. En especial a Roi y a Xan. Seguid manteniendo, como decía Ausías March, "ante la fealdad, el corazón salvaje", que es la única actitud que algún día nos permitirá dejar atrás las divisiones sin destruir las diferencias.
Viva Galicia (y todo lo que no es Galicia también).
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